¿Recuerdas cuando tu papá o mamá te regañaban por estar horas frente a la consola con los ojos inflamados por haber pasado noches enteras tratando de librar la misión? Nosotros también. Y también recordamos el “turun, tun, turun tun” de Mario Bross en nuestra cabeza. Hoy, la industria de los videojuegos es una de las más rentables y millonarias en el mundo. Tan sólo al cierre del complicado 2020, se registraban ganancias mayores a 159,000 millones de dólares, siendo la líder indiscutible dentro de la industria del entretenimiento. 

En esta historia de misiones, gráficos, trucos y horas para ganarle a la máquina, la música tiene mucho que ver. Y si bien hoy la música de videojuegos tiene mucho que ver con la realidad sonora de Minecraft, Fortnite, y los conciertos virtuales de J Balvin, Travis Scott, Deadmau5, o bien Gustavo Santaolalla componiendo para The Last of Us, todo tuvo un principio. 

¿El año? 1972. ¿Y el juego? Pong, el cual era la innovación porque incluía “ruiditos” producidos por ondas analógicas convertidas y procesadas para recibirlas como “efectos sonoros. ¿Y qué pasó después de eso? La sensación. 

La posibilidad de producir sonidos abrió una nueva veta de creatividad y negocios para los músicos, quienes hicieron maravillas con tan sólo unos cuantos “plics”, “clics” y “cracs”. Para la década de los ochenta, la evolución era ya un montón de sintetizadores especializados, gracias a la memoria y el desarrollo de las consolas mismas. Los llamados PSG (Generadores de Sonido Programable) procesaban la famosa música de 8 y 16 bits, que brindaban ondas de sonido cuadradas, triangulares, algunos ruidos semejantes a una sierra eléctrica, entre otros. 

A partir de ahí comienza la llamada era dorada de la música de videojuegos, los cuales se incorporaron además casi de forma inmediata a las primeras pantallas de computadoras, las cuales serían cada vez más y más pequeñas hasta dar con su integración a la increíble telefonía celular. 

De esta época la gran leyenda es sin duda alguna Koji Kondo quien empezó a trabajar para Nintendo, con un solo desafío: componer música para videojuegos con sólo cuatro instrumentos, entre ellos un canal de ruido para percusión. El resultado fue iconico y grandioso: Mario Bros y The Legend of Zelda. Otros compositores de esta época fueron Koichi Sugiyama (Dragon Quest) y Hirokazu Tanaka (Ballon Fight, Duck Hunt y una versión renovada de Tetris). 

Llegado el final de los noventa, con la posibilidad de incluir sonidos más completos y complejos, también aparecieron los primeros videojuegos para PlayStation, en donde comenzaron a aparecer las primeras bandas sonoras con “artistas reales”. ¿Quién no recuerda los primeros juegos de patinetas con música de The Offspring, Green Day o Rancid, o bien los soundtracks exclusivos para las primeras versiones de FIFA. 

Para los más grandes, aquellos que tuvieron un rango menor de música acompañándolos en sus horas de pulgares aplastados, la verdadera magia se había ido, ya que los sonidos habían pasado de ser un factor de atmósfera, inmersión, de “entrar en la zona”, a sólo ser música de acompañamiento. Pero los tiempos y los públicos han ido cambiado. 

La última década en la historia de la música de los videojuegos ha dado pie a una experiencia más cinemática, en tanto los juegos ya también están muy impulsados en su propia narrativa, la cual es cada vez más compleja y apegada a la realidad. 

Habrá que ver hacia dónde irán los sonidos envolventes y soundtracks virtuales de los videojuegos de hoy, en los cuales prácticamente ya es posible “ir a un concierto” gracias a un visor de realidad aumentada y unos buenos audífonos. ¿Regresaremos, aunque sea por nostalgia, a la época de Castlevania, Mario Bros y Donkey Kong? Quizás, sólo baste un pequeño “plic” para abrir ese portal.